¿Cómo nos afectara la publicación del DSM-V?
El final de la primavera de 2012 traerá cambios importantes para quienes dedican su tiempo a la evaluación y diagnóstico psicológico y psiquiátrico.
Previsiblemente en Mayo del próximo año aparecerá la publicación del DSM-V, el manual diagnóstico que publica la Asociación Americana de Psiquiatría.
Son muchos los cambios que conllevará esta publicación, pero los que hoy nos ocupan son los relativos al campo del Autismo.
En el actual Manual (DSM-IV), la categoría diagnóstica que aglutina a este tipo de trastornos aparece bajo la denominación Trastornos Generalizados del Desarrollo. Ya desde este punto comienzan las modificaciones. La propia nomenclatura de la categoría diagnóstica va a sufrir un cambio radical, pasando a denominarse Trastornos del Espectro Autista.
Este cambio de denominación, en principio, responde a la demanda casi histórica de ciertos grupos de profesionales que lo reclamaban, y, por supuesto, implica mucho más que una modificación a nivel formal.
Amelia Fuentes Valenzuela, Tutora Académica de nuestro Máster de Intervención en Autismo, nos hace una reflexión sobre los cambios que provocará la publicación del DSM-V, según su opinión, en el campo del Autismo.
Para comenzar voy a tratar de exponer, de la forma más aséptica posible, el resto de variaciones incluidas en este apartado del manual.
Al concebirse este apartado como un Espectro, desaparecen las categorías que anteriormente componían el grupo de los TGD: Autismo, Síndrome de Asperger, Trastorno Desintegrativo Infantil, TGD no especificado y Rett. Este último sale definitivamente del grupo, puesto que desde hace tiempo está identificado el gen que provoca este trastorno, y la sintomatología está claramente diferenciada del Autismo. En cuanto al resto de subcategorías integradoras de los TGD, éstas se ven incluidas dentro de los Trastornos del Espectro Autista.
La propia nomenclatura de la categoría diagnóstica va a sufrir un cambio radical, pasando a denominarse Trastornos del Espectro Autista.
Pero no sólo la clasificación en sí se verá afectada por los cambios, sino que también los criterios diagnósticos sufren importantes variaciones.
- En primer lugar, las la clásica tríada (alteraciones en lenguaje, alteraciones en el ámbito social e intereses restringidos), se ve reducida a una díada (alteraciones del lenguaje y sociales se unifican en un único criterio).
- En segundo lugar, se definen los síntomas en los que se puede manifestar cada uno de los criterios, apareciendo ejemplos de los distintos niveles de afectación que puede haber dentro del Espectro.
- Quizá la aportación más importante de esta nueva revisión sea la introducción de niveles o grados de severidad, apareciendo tres niveles para cada uno de los criterios diagnósticos.
Un análisis detallado de estos cambios puede provocar variadas e incluso encontradas interpretaciones y reacciones.
Una parte importante del colectivo de familiares y personas del hasta ahora denominado S. de Asperger ya han mostrado en diferentes foros su descontento con esta nueva clasificación. Si tratamos por un momento de ponernos en su posición (esto que los psicólogos llaman empatía), no nos resultará difícil comprender el por qué. Para un padre debe ser claramente distinto recibir el diagnóstico de S. de Asperger y el de Autismo. Las implicaciones que, tanto el colectivo de profesionales como el de familiares, otorgamos a uno y otro trastorno son muy diferentes, puesto que uno de ellos nos lleva a pensar en una integración social y laboral plenas, y el otro evoca un esfuerzo, adopción de estrategias y búsqueda de apoyos constantes. No estoy diciendo que esto sea necesariamente así, pero son las preconcepciones que suelen acompañar a estas categorías.
Para un padre debe ser claramente distinto recibir el diagnóstico de S. de Asperger y el de Autismo.
Los profesionales que defienden el uso de la nomenclatura TEA, aducen que con la inclusión de niveles de severidad este escollo está salvado, y cierto es, pero el nombre de unos y otros finalmente es el mismo (TEA), lo cual sigue sin gustar a algunos. Y es que a muchos niveles, el hecho de que exista un solo nombre para todo, puede acarrear consecuencias. El primero de ellos es la dotación económica que pueda percibir el colectivo del actual Síndrome de Asperger. Siendo una categoría diferenciada (aducen ciertas asociaciones) pueden actualmente acceder a subvenciones que destinan a la atención y apoyo de su colectivo, así como a la investigación. Lo que manifiestan y denuncian es que, formando parte del Espectro, este colectivo pierde fuerza, representatividad y que, puesto que se situarían en la parte alta del Espectro (de hecho ya se denomina a este Síndrome: Autismo de Alto Funcionamiento), y, por lo tanto, con un nivel menor de afectación, quizá queden relegados en un sistema en el que los recursos asistenciales y económicos son limitados. Si bien esto es algo que no tendría por qué suceder con la organización y control adecuados, debe ser que estos padres han observado cómo, en demasiadas ocasiones resulta el funcionamiento de la burocracia, y temen ser olvidados entre los casos más graves del TEA, máxime en estos tiempos económicamente “complicados”, en los que los recursos disminuyen continuamente.
Por otro lado, quienes critican los cambios introducidos en el DSM-V, denuncian los conflictos de intereses que han rodeado continuamente a la comisión de elaboración del Manual. Muchas han sido las voces que se han levantado para afirmar que conflictos económicos y de colaboración con la industria farmacéutica han planeado sobre la redefinición de esta nueva edición, dando como resultado un manual que propicia el sobrediagnóstico.

En el apartado que hoy nos ocupa, el principal cambio, y sin duda el más positivo, en mi humilde opinión, es el referido a la inclusión de niveles de severidad. Este aspecto viene a arrojar luz y orden en un apartado de la clasificación en el que todo era demasiado ambiguo e interpretable, y, lo que es más importante, los vincula al tipo de intervención necesaria en cada grado de afectación.
Esta es una cuestión que, en demasiadas ocasiones, se nos olvida. Muchas veces los profesionales nos vemos cegados por las etiquetas, nos perdemos en un mar de síntomas que tratamos de encajar en un cuadrado perfecto, y perdemos de vista que la finalidad de la evaluación es la intervención.
Valoramos, con la mayor precisión posible, para convertir en precisa y eficiente la intervención a realizar.
Muchas veces no seremos capaces de ofrecer un nombre al conjunto de síntomas que presente un niño, y no por ello debe aparecer esa suerte de ansiedad que nos invade a veces, ofuscándonos y haciendo que perdamos de vista lo realmente importante: hay que intervenir sobre aquello que supone un problema, una carencia o que provoca sufrimiento en la persona que ha acudido en busca de nuestra ayuda. No importa tanto qué nombre demos a la realidad, sino que ayudemos en la solución de los problemas que ésta pueda acarrear.
No quiere esto decir que no sea necesaria la clasificación. Lo es, y mucho: para la asignación de los apoyos institucionales, a nivel educativo, para un correcto seguimiento y comunicación entre los distintos profesionales que intervienen con un niño, y, por supuesto, para los padres. Un padre necesita dar un nombre a lo que ve en su hijo, un nombre supone una explicación y, en muchos casos, una expiación, una causa. Pero en determinadas ocasiones los límites no están claros y no es posible etiquetar de una forma contundente. Es en estos casos en los que, el quedarse de brazos cruzados no es una opción, y hay que intervenir sobre las áreas que requieren trabajo, a pesar de no contar con un diagnóstico claro. La intervención también puede arrojar luz sobre la evaluación, ambos procesos deben estar en continua retroalimentación.
Esta nueva edición del DSM cuenta con detractores y defensores, y, como todas las acciones que afectan a un colectivo tan amplio y numeroso como es el de los psicólogos y psiquiatras, no puede ser de otra manera, puesto que todo cambio o decisión efectuado supondrá avances o retrocesos, en función de quien lo evalúe y considere. En cualquier caso, esta es la clasificación diagnóstica que se seguirá de forma más numerosa a nivel internacional, de manera que considero que es positivo conocer de antemano los claroscuros que puede presentar.

Comentarios (1)
Victor Campuzano Gallego